La cercanía de la bondad


Reseña sobre el libro CORRESPONDENCIA, de Hermann Hesse y Stefan Zweig, (trad. de José Aníbal Campos), Ed. Acantilado, Barcelona, 2009

Existen dos personajes que recientemente han cambiado mi vida. Son, como en los cuentos, dos héroes que se hicieron héroes después de haberlo sido antes, aunque por otras razones. Me refiero a Stefan Zweig y Hermann Hesse. Quién no ha disfrutado con la lectura de Siddhartha, Demian, Bajo la rueda o El lobo estepario, y quién ha quedado indiferente ante la poesía y la delicadeza que se desprendía de aquellas historias. Y quién no ha leído la Carta de una desconocida sin estremecerse, o los libros sobre Nietzsche, Erasmo, Balzac, y tantas otras figuras a las que Zweig nos acercó de la mano, con la claridad de su lenguaje y la ternura de su visión. Dos grandes literatos que con sus obras formaron parte de nuestro crecimiento intelectual en la juventud, y no solo en la juventud, aparecen ahora vivos, tal y como fueron en la realidad, en la correspondencia que ambos mantuvieron durante treinta y cinco años, y que ha publicado en castellano la editorial Acantilado.

¿Alguien sabía que Hermann Hesse amaba la soledad de los bosques, que la ciudad le ahogaba, y que ayudó en muchas ocasiones a numerosas víctimas de la Segunda Guerra Mundial? ¿Alguien sabía de sus dificultades económicas y de la poca importancia que este elemento suponía en su vida como literato? ¿Quién tenía noticia de que Stefan Zweig viajó por todo el mundo, que escribió incansablemente y que, cuando la tristeza de la dramática situación que trajo la guerra, con el sufrimiento de tantas personas y su propia aniquilación moral, como ser humano y como escritor, se vieron quebradas, decidió quitarse la vida junto a su esposa? Al menos yo no estaba al corriente de estos detalles, que, al fin y al cabo, y aunque importantes, son solo detalles. Pero lo más importante es que tampoco tenía conciencia de hasta qué punto es posible la grandeza de la bondad, es decir, qué tamaño puede alcanzar semejante don. Porque en esta correspondencia, el lector tiene la sensación de estar muy cerca de la bondad pura, bondad que se puede percibir entrelíneas, bondad real, palpable, materializada en cada comentario y junto a la más exquisita delicadeza espiritual. Si en las obras literarias de estos dos escritores, al igual que sucedía con Nietzsche y sus obras filosóficas, podíamos ver qué talla podía alcanzar el talento creador, y, si se quiere, la grandeza humana, en las cartas vemos hasta dónde puede llegar a crecer la bondad, y podemos nadar entre sus ondas vibratorias, tumbarnos sobre ellas como en la superficie del agua, no hacer nada, solo estar ahí y aspirar su perfume pacífico y alentador.

Después de leer este libro, el lector sale inevitablemente renovado, ya no es el mismo. Pero le quedan, entonces, dos tareas importantes que llevar a cabo: la primera es intentar responder, o al menos tratar de pensar, a la compleja e inevitable pregunta que se plantea sobre si hay —o debe haber— una moral detrás de las grandes obras literarias (en otras palabras, si la ética del autor es un elemento influyente a la hora de escribir una buena obra); y la segunda, revisar con lupa si hemos leído cada uno de los textos de estos dos escritores de primera línea. Porque en esta correspondencia se mencionan algunos títulos de menor calado en España, pero no por eso de menor calidad, que podrían no haber llegado a nuestras manos. La tarea es, entonces, buscarlos y prolongar un poco más, en la medida de lo posible, el hermoso regalo que el universo nos dejó con estos dos excepcionales seres.


Berlín, 22 de Mayo de 2016